MAC Panamá
Arquitectura
Obreval
Tipo
Concursos
Cliente
Concurso público MAC Panamá
Ubicación
Ciudad de Panamá, Panamá
Fotografía
Obreval
Área
4.899 m2
Año
2026
FOTOS

Sobre la imagen, el hito, el arte y la institucionalidad
En una ciudad donde la verticalidad, los falos, predominan aparece una oportunidad única para redefinir la noción de hito urbano. Casi como una historia de crítica o sátira, el proyecto del museo de arte contemporáneo se ubica en un lote cuyo destino original eran unas mega torres de vidrio diseñadas por una firma americana. La presión inmobiliaria, las burbujas especulativas y el comercio desaforado han marcado décadas de contradicciones y desbalances sociales. Por un lado un desarrollo económico innegable; pero, la otra cara de la moneda, ha dejado unas grietas sociales y, sobre todo, urbanas que han marcado el desarrollo urbano. De esta manera, el museo se presenta como una semilla para marcar un nuevo camino, un camino donde coexisten de manera simbiótica el comercio y la institución. Un camino donde la sombra y la biofilia cohabitan espacios de aire acondicionado. Un camino que reconcilia los trazados orgánicos con las retículas y racionalidades del mundo moderno. Es así como un gran volumen horizontal, albergando las salas de exposiciones, flota apoyado en follies logrando generar sombra sobre unos primeros pisos que activan la calle (y financian el arte) mediante locales comerciales y salones de eventos. Este gran volumen blanco se presenta como opuesto al skyline fálico de rascacielos: el hito es horizontal, el hito es complemento y no batalla. Dicho volumen establece, mediante la jerarquía arquitectónica, una clara imagen institucional. El museo, “a pesar” de contar con casi la misma cantidad de metros cuadrados de comercio, evita doblegarse a la imagen de mall, marcas de lujo y pancartas promocionales o vitrinas de maniquís a la moda. En oposición, los locales, mediante el color rojo que configura un juego geométrico de follies se presentan como un complemento mudo que consigue convertir el museo en un verdadero espacio público: una calle y una plaza llena de verde y sombra. La arquitectura para museos siempre cae en la disyuntiva frente a ser ella en sí arte o hitos versus ser muda y dejar el arte brillar. Nuestra postura? El insufrible punto medio: una arquitectura que al exterior se presenta juguetona y expresiva pero que permite tener una gran caja blanca como lienzo listo para ser habitado por las obras de artes. De esta forma, la singularidad y juego del exterior se contraponen a un juego claro de espacios ortogonales dejando la arquitectura en un segundo plano para que las obras tomen protagonismo y el arte sea el único foco. La ortogonalidad de las salas se ve enriquecida por un juego simple de proporciones. Salas cuadradas dan pausa a rectángulos áureos. La fuerza arquitectónica recae en el techo mediante un sistema de tragaluces. El techo de un museo es ante todo una resolución técnica de luz. Sin embargo, en este caso, la solución técnica es el resultado de un compromiso ambiental claro: la orientación estricta de los tragaluces, la orientación e inclinación de los paneles solares y la recolección de aguas lluvias. El techo como gesto de arquitectura y como máquina ambiental. El espacio laberíntico de las salas ortogonales se complementa con una sala oscura, libre de columnas, que permite la exposición de obras de diferente formato y obras performáticas. Por último, el nivel cuenta con un rooftop, una (re)conexión con el cielo y el contexto, donde se prevé un jardín de esculturas acompañado de un bar que activa noches y atardeceres culturales.







No hay imágenes
Sobre la imagen, el hito, el arte y la institucionalidad
En una ciudad donde la verticalidad, los falos, predominan aparece una oportunidad única para redefinir la noción de hito urbano. Casi como una historia de crítica o sátira, el proyecto del museo de arte contemporáneo se ubica en un lote cuyo destino original eran unas mega torres de vidrio diseñadas por una firma americana. La presión inmobiliaria, las burbujas especulativas y el comercio desaforado han marcado décadas de contradicciones y desbalances sociales. Por un lado un desarrollo económico innegable; pero, la otra cara de la moneda, ha dejado unas grietas sociales y, sobre todo, urbanas que han marcado el desarrollo urbano. De esta manera, el museo se presenta como una semilla para marcar un nuevo camino, un camino donde coexisten de manera simbiótica el comercio y la institución. Un camino donde la sombra y la biofilia cohabitan espacios de aire acondicionado. Un camino que reconcilia los trazados orgánicos con las retículas y racionalidades del mundo moderno. Es así como un gran volumen horizontal, albergando las salas de exposiciones, flota apoyado en follies logrando generar sombra sobre unos primeros pisos que activan la calle (y financian el arte) mediante locales comerciales y salones de eventos. Este gran volumen blanco se presenta como opuesto al skyline fálico de rascacielos: el hito es horizontal, el hito es complemento y no batalla. Dicho volumen establece, mediante la jerarquía arquitectónica, una clara imagen institucional. El museo, “a pesar” de contar con casi la misma cantidad de metros cuadrados de comercio, evita doblegarse a la imagen de mall, marcas de lujo y pancartas promocionales o vitrinas de maniquís a la moda. En oposición, los locales, mediante el color rojo que configura un juego geométrico de follies se presentan como un complemento mudo que consigue convertir el museo en un verdadero espacio público: una calle y una plaza llena de verde y sombra. La arquitectura para museos siempre cae en la disyuntiva frente a ser ella en sí arte o hitos versus ser muda y dejar el arte brillar. Nuestra postura? El insufrible punto medio: una arquitectura que al exterior se presenta juguetona y expresiva pero que permite tener una gran caja blanca como lienzo listo para ser habitado por las obras de artes. De esta forma, la singularidad y juego del exterior se contraponen a un juego claro de espacios ortogonales dejando la arquitectura en un segundo plano para que las obras tomen protagonismo y el arte sea el único foco. La ortogonalidad de las salas se ve enriquecida por un juego simple de proporciones. Salas cuadradas dan pausa a rectángulos áureos. La fuerza arquitectónica recae en el techo mediante un sistema de tragaluces. El techo de un museo es ante todo una resolución técnica de luz. Sin embargo, en este caso, la solución técnica es el resultado de un compromiso ambiental claro: la orientación estricta de los tragaluces, la orientación e inclinación de los paneles solares y la recolección de aguas lluvias. El techo como gesto de arquitectura y como máquina ambiental. El espacio laberíntico de las salas ortogonales se complementa con una sala oscura, libre de columnas, que permite la exposición de obras de diferente formato y obras performáticas. Por último, el nivel cuenta con un rooftop, una (re)conexión con el cielo y el contexto, donde se prevé un jardín de esculturas acompañado de un bar que activa noches y atardeceres culturales.